mundo está dispuesto a reconocer su timidez: ¿a quién le resulta sencillo admitir que le tiene miedo a la gente?
Casi siempre la timidez esta compuesta por tres elementos, y en toda persona tímida predominan uno o dos de ellos. Estos elementos son: la angustia ante los contactos sociales, la escasa habilidad social y el miedo a los prejuicios.
Los síntomas de una persona tímida son, especialmente, aceleración del ritmo cardiaco, transpiración excesiva, temblores, náuseas y tensión. El temor a la valoración negativa es el origen de estos miedos, es decir, el miedo al ridículo, a que los demás descubran algún fallo propio en el terreno social, a no agradar, a ser rechazado, a ser comparados con los demás y ser considerados inferiores. Cuando una persona tiene estos síntomas tiene que consultar con especialistas para lograr vencer la timidez.
Por tanto, la depresión y la timidez van de la mano. Si bien es muy común que el nivel de timidez de una persona varíe constantemente según innumerables factores, generalmente se puede llamar a un individuo tímido si constantemente evita relacionarse con la gente y prefiere no arriesgarse antes que fracasar en el contacto social.
El mayor problema que se presenta a la hora de vencer la timidez proviene de su naturaleza misma: por definición, lo que la timidez hace es reducir la capacidad que tenemos de confiar en nosotros mismos y nuestras capacidades. A la hora de superar miedos y cambiar los caracteres de nuestra personalidad es muy importante tenerse confianza: la timidez, entonces, elimina, casi automáticamente, las probabilidades de superación.
Por esto mismo, es indispensable contar con algún tipo de ayuda, sea interna o externa. Un psicólogo de confianza, contenedor y afirmativo; alguna forma de meditación que nos cargue de valor; métodos de autoayuda que nos permitan mantener alta el autoestima; cualquier forma que funcione para levantar el espíritu es válida para la lucha contra la timidez.
Si queremos vencer la timidez, entonces debemos cambiar radicalmente, pero no nuestra forma de actuar, ni nuestra forma de relacionarnos, sino nuestra forma de pensar. Las emociones, las acciones y los vínculos que mantenemos son tan solo la consecuencia de lo que, en lo más profundo de nuestra mente, pensamos sobre nosotros mismos. La imagen que tenemos de nuestro ser, nuestra autoestima, se hace palpable en todo lo que hacemos y determina la forma en que nos sentimos y nos relacionamos.
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