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El budismo y sus variantes


Budismo
Alma

Cuando murió Sakyamuni, el Buda histórico, aproximadamente en el 483 a. C., dejó un movimiento floreciente que, como el del jainismo, su compañero, había surgido de un fermento herético en el valle de Ganges durante el siglo VI a. C. Era una vigorosa sangha (orden monástica) y el cuerpo de una doctrina de compasión y simpatía, transmitida oralmente, que atrajo por igual a los reyes y a sus súbditos. Uno de los reyes que se convirtió al budismo fue Ashoka, emperador de India, que envió una misión a Ceilán en el año 245 a. C. Desde allí, la doctrina se extendió hasta que se convirtieron tanto Burma como Indochina. Tanto la doctrina como la tradición se registraron en Ceilán a finales del siglo I a. C.; contituye el cuerpo de escritos como los Tres Cestos, o Tripitake, y han permanecido casi sin cambios a través de los siglos formando lo que hoy llamamos Theravada, la Doctrina de los Ancianos.
En tiempos pasados se llamó también Hinayana, o el Vehículo Menor,

 

en contraste con Mahayana, el Gran Vehículo, y con Vajrayana, o el Vehículo de Diamante. La diferencia entre las mayores corrientes del Budismo está en su actitud frente al logro del nirvana, el estado de desapego del mundo a la hora de la muerte. Theravada es, esencialmente, una doctrina de salvación individual en la cual las buenas acciones y los hechos ascéticos del arhat (santo) consigue liberarlo del ciclo de la muerte y la reencarnación. Los laicos raramente se califican para ello; tienen que esperar hasta que vuelvan a nacer en la favorable existencia de monje.
Mahayana, o el Gran Vehículo, comenzó a desarrollarse en el siglo I de nuestra era en Gandhara, al noroeste de India. Allí, una sucesión de reyes griegos (sobre todo Menander) y después los príncipes Kushana, como Kanishka, patrocinaron el Budismo. Allí hecharon raíces las ideas helenistas del gobernante como soter (salvador), y la idea del arhat, que busca su propio nirvana, fue reemplazada por la del bodhisattava, o el-que-será-Buda, que sacrificaban su propia liberación de la rueda de la vida para trabajar por los otros seres que sufren.
Fue este budismo Mahayana el que desde Gandhara se extendió por el Asia Central siguiendo la ruta de la seda y llevó a numerosas conversiones en China, Japón y Corea. Una escuela mística china, muy influenciada por el Taoismo, se desarrolló con el nombre de Ch'an, que se convirtió en Zen en el Japón, un credo seguido por artistas y samurais.
El Tíbet (pese a la mucha resistencia de los nativos, seguidores de las antiguas doctrinas chamanistas Bon) fue convertido por maestros mahayanistas en el siglo VII de nuestra era, en especial por Padma Sambhava. En Bengala, de donde llegaron estos maestros, el Budismo ya había sido impregnado por las doctrinas tantricas, desarrolladas entre los hindúes, que combinaban el misticismo, la magia y el reconocimiento del espíritu hembra, que era, a veces, conmemorado en orgías controladas. En el Tibet el budismo se hizo apenas distinguible del estado Tibetano. Durante siglos, reyes laicos se alternaron con monjes poderosos en el gobierno del país. El Budismo se dividió en un buen número de sectas, entre las que se incluyen la original Nyingmapa (los Ancianos); la Kargyupa, que era la más poderosa en el Tíbet oriental y en los pequeños estados fronterizos de Bhutan y Sikkim; y la Sakyapa, cuyos jefes en los siglos XII y XIII fueron los reyes sacerdotes del Tibet. Estas antiguas sectas monacales son conocidas colectivamente como Sombreros Rojos.
Pero la secta que disfrutó de mayor poder en el Tibet, tanto espiritual como temporal, durante los siglos más recientes fue y es el movimiento reformista que, entre otras cosas, cambió la forma de vestir y los ornamentos y pasó a ser los Sombreros Amarillos. (Los sombreros eran una especie de cubrecabezas con una distante remiscencia de un casco griego empenachado, que se llevaba en determinadas seremoñas.) Fundada por un monje llamado Tsong Khapa, a principios del siglo XV, el líder de los Sombreros Amarillos acabó por ser llamado Dalai Lama, y era nombrado en aquel siglo por los príncipes mongoles convertidos, como gobernante espiritual y temporal del Tibet.
La mayor parte de los mojes tibetanos, al seguir, como así lo hacían, una ruta mística y a veces mágica, se declaraban debotos del Budismo Vajrayana. Pero no todos los tibetanos se hicieron budistas. Incluso hoy día, en el norte de Nepal así como en el Tibet, siguen habiendo comunidades residuales que conservan su adhesión a las antiguas doctrinas chamanistas y a las prácticas del Bon. De hecho, a finales del siglo XX las diferencias entre las sectas tibetanas no parecen ser fundamentales. Todos, líderes y seguidores, están dispuestos a aceptar al Dalai Lama como la personificación de sus deseos.

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